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De Vetustate

Antología poética

 

Los viejos

 

Por: María Cecilia Sánchez  (Poetisa) *


 

La antología poética De vetustate, compilada por Celedonio Orjuela Duarte, y publicada recientemente, nos trae un recorrido por diferentes voces que se han ocupado de la vejez en la poesía. Acompañada de un grabado del artista colombiano Antonio Samudio, inicia con una nota liminar del poeta Celedonio Orjuela Duarte en la que hace un camino por el lenguaje de la poesía, que, según su punto de vista, implica a la vez un recorrido por la individuación moderna y técnica del sujeto y por lo tanto de su vivencia humana. Los poemas se abordan con una breve referencia de la vejez en la Antigüedad, con Claudio Claudiano, Luperco Servato, el libro Eclesiastés y Safo, y pronto ingresa a la Modernidad con Walt Whitman, termina con el colombiano Carlos David Contreras Castañeda.


Contrario a lo previsto como declive inapelable, la visión de la vejez que ofrece este libro es variadísima, vital, juguetona, sabia y decadente también, de manera obvia. 

Lo primero que quisiera resaltar es la diferencia que denota el camino para cada uno de los poetas; pues mientras para alguno la muerte inminente es la posibilidad de ser uno con la naturaleza, para otro la vida se muestra como un viaje de conocimiento, otro ha ido de la dureza a la purificación, otro ve la muerte como un encuentro –el encuentro consigo mismo-, otro ve a la muerte como un habitante que siempre estuvo ahí. De ese camino depende la visión de la vejez. Entonces, desde ahí, desde la multiplicidad de luces, que, por ejemplo, ve Gonzalo Rojas, leemos que “lo irreparable es el hastío” y no la insignificancia de los números en lo andado.  En cambio Nazim Hikmet “acostumbrado a envejecer” envidia “a los que no se dan cuenta de que envejecen,/ tan ocupados están con sus asuntos”, plausible referencia a su obligada quietud en la cárcel.  Sylvia Plath, por su parte, instruida en el morir, en reconocer en sí más de una muerte, todas las muertes que conlleva la vida, se denomina “Lady Lazarus”, experta en el “oficio de morir”; y al otro lado del espejo, en el “Oficio de vivir”, María Mercedes Carranza se ve solamente caminando para crear al final un vacío, su vacío. Héctor Rojas Herazo relativiza las edades como “nunca fuiste suficientemente joven/ nunca serás completamente anciano”, antinomia que al final será la mirada del joven anciano que mire emerger al anciano joven en su propio rostro. 

Para Blanca Varela, la decrepitud puede ser una “sabiduría que seduce/ Por su ausencia de sombra”. Sombra vapuleada e ironizada por Edgar Lee Masters en su poema Lucinda Matlock, en el que cuestiona a los jóvenes “¿Cómo es que ahora escucho hablar de penas y fatigas,/ De ira, descontento y ajadas esperanzas?/ Hijos e hijas envilecidos,/ La vida es demasiado dura para ustedes:/ Hay que estar vivo para amar la vida”. Es una de las antítesis entre la juventud y la vejez que podemos leer, mas no la única. 

En este libro está la vejez entrevista en la propia experiencia, la vejez agobiando al otro, la vejez como pesadumbre y culpa familiar, la vejez como posible ruina, si se rompe “el oro” (Joaquín Pasos), la vejez como soledad, la vejez como resistencia: cuando se sabe qué hay que hacer para morir,  precisamente como lo espera nuestro vecino, y no hacerlo (El baúl, Vladimir Holan).
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De vetustate. Compilador. Celedonio Orjuela Duarte. Editorial Domingo Atrasado. Bogotá: septiembre de 2016.  154 págs.
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*María Cecilia Sánchez.  Bogotá 1964. Psicóloga y escritora de poesía y ensayo. Autora de los libros de poesía:
     
Las alas muertas (Trilce y Altazor Editores, 2006).  La música dormida (http://es.scribd.com/doc/233501829/La-Musica-Dormida ) entre otros. Investigadora y escritora de la cartilla bilingüe de relatos paeces. Seres que nunca mueren, Consejo Regional Indígena del Cauca. Ed. El Fuego Azul, 1997, reimpreso 2006. Vive actualmente en Mitú, Vaupés.

 

 

El secreto de los trazos

Por: Jaime Londoño

Conocí a Daniela Emiliani en el Colegio La Candelaria. Me contaba de sus escritos, pero asistía a clases de teatro con el dramaturgo Javier Moná. Años más tarde empezó a compartir las tardes de los domingos en el taller que dicto en el parque de Usaquén. Luego de varias lecturas públicas y talleres, observé que su voz poética empezaba a tomar forma. Los diálogos que mantenía con sus poetas predilectas María Waine, Wislawa Szymborzka, Emily Dickinson, junto con las jornadas en que se empeñó a comprender la pléyade de poetas Sufís, empezaron a dar frutos. La invité a que me mostrara todos sus poemas. Una tarde llegó a mi oficina con su primer poemario. Le dediqué varias semanas a estudiar el material. Al finalizar le dije que había poemas muy interesantes que valía la pena reunir en un libro, así que empezamos a trabajar en la edición. El contenido final me lo entregó en el 2016, luego de reunirse con el poeta cubano Alberto Rodríguez Tosca con quien pulió los últimos detalles para la impresión. Como se podrán dar cuenta, un libro no nace de la noche a la mañana, sino de un trabajo que requiere bastante dedicación objetiva.
Hubo varias propuestas de título, hasta que se decidió por el de Trazos. Muchos pueden pensar equivocadamente que los trazos apenas son un balbuceo, no obstante, de trazos se hacen las grandes migraciones hacia el arte, las que anuncian, las que se detienen a observar, pues no se puede abarcar el todo con una sola línea circular, como lo pretenden algunos. De trazos se construyen los vasos comunicantes que llevan las alas secretas para comunicar la vida con la página y así suscitar el poema, el acto creativo.
Solo quien está a las puertas del conocimiento sabe que la iluminación es un pequeño trazo que dura apenas un segundo. Pero con eso basta para que se encienda la comprensión de todas las realidades de las existencias pasadas, presentes y futuras. Es durante esa brizna de tiempo que se detiene el universo y solo queda suspendido ante la luz el fragmento, que nace el tema, lo poético exaltado. Las diversas materialidades se desvanecen ante la mirada del poeta quien captura la esencia del momento y la traduce en palabras sobre la hoja, otorgándole la vida nueva que requiere lo cotidiano.
En Trazos, los poemas subrayan que no solo durante el tránsito de lo que llamamos tiempo, acontecen las instantáneas que configuran la vida. De estos poemas, como de una sabia sentencia, ya no podrán librarse quienes han sometido a los otros. En el poemario, aunque los hechos se asuman con dolor, no hay resignación, pues cada verso es un signo, una voz que cuestiona cuanto acontece, como en “Chechenia, un conflicto olvidado”. Aquí las voces de los noticiosos se intercalan con la voz de la poeta, lo que establece el vínculo entre lo histórico y la creación poética.
Octavio Paz, en el libro “El Arco y la Lira”, piensa que la poesía es una fuerza totalizadora capaz de verter cambios en la existencia, como lo hace Daniella Emiliani, quien nos genera nuevos posibles a partir de los trazos que toma de la existencia. Cada instantánea es una punta que señala mundos y submundos, en los que la substancia nueva vitaliza las instancias más profundas de la mente y del espíritu. La poesía, en Trazos, hace libre al pensamiento, lo torna fértil, lo totaliza y lo puede sumergir dentro de las zonas más minúsculas de las partículas. “Como los espacios que se hacen en el aire”. Así, ha creado la autora el vacío que se pone en movimiento para forjar un nuevo pensamiento desde el habla común, mediante la experimentación con lo coloquial. Pero al hacerlo pone esas palabras de la sociedad en otro ámbito. Las torna arte.
Rimbaud vio en el sentido de percibir y en el de la videncia, la realidad presente, la forma infernal o circular del movimiento, “como una rosa que carga en su tallo la confesión”, la dispersión del hombre, errante en un espacio que también se dispersa. Y en Trazos, aunque el tiempo se pueda detener, darle otra medida y resignificarlo, Daniella lo emplea de baliza con el fin de llamar la atención a quien pasa por enfrente de los versos, para que se percate del absurdo en el que vive.
Trazos permite la generación de variaciones que contrastan con el fraseo de la vida, quizá por ese motivo “para desarmar una bomba se apunta primero al corazón”. Y es que la voz de del poemario posee el privilegio de conservar la memoria lejana, la memoria de quienes se han configurado como mecanismos de lo abyecto. Y la autora nos habla de que “Aprendimos a cortarnos en pedazos / A poner bombas”, como un acto básico producto de otras memorias, de otras falencias, en las que se involucran las pasiones, nuestro pensamiento.
Y por supuesto, la voz del desierto, la voz de las arenas que traen la verdad propuesta por los sufíes, entablan su sentido de relación entre los arquetipos que conmemoran el conocimiento, el conocimiento objetivo que es capaz de hallarle la punta al ovillo con el fin de ubicar la fuente de la trama que también se percata de la sutileza de la piel, de fibras más fecundas que germinan en la penumbra bajo la luz que le ha inventado Daniella Emiliani en los recodos de Trazos.
Y allí se hace presente el sufismo con el fin de señalar otros límites, diversas estancias fecundas como “Estoy acá para mostrarte / La ventana de tu cuarto / Desde donde una araña / Te observa”. Es que subyace, en estos poemas, la invitación a la libertad, pues el aire en ellos es imprescindible, esa esencia que comprenden muy bien los derviches vibradores, los tejedores de la Cábala. Y lo reconoce Daniela al darnos cuenta que todo es posible y que en todo hay conocimiento, hasta en los actos más primitivos: “No dejaron de regar / Las velas contra el viento /…/ Les entregas el pálpito / Los sentidos / El latido de los días”.


 

A propósito de música y poesía

 

Por Javier Rocha Amaris

La música de la poesía de Moreno, no es propiamente una música del azar, en Memorias de un ciego adicto al sexo todos podemos ser ese ciego que habita la poesía y todos podemos ser conscientes de un grado de ceguera que tenemos, y que nos deja en el aturdimiento de la contemplación de la vida. Son parte de dicha experiencia Seducción Ciega y Cómo se pierde la cabeza.
Ray Charles es un colega del ciego que recorre los poemas y cuenta cómo perdió su virginidad y una ninfómana que parece ser la protagonista de Lars Von Triers, tiene una experiencia sugerente al visitar el confesionario. Polvotriste, por su parte, como uno de los amigos de Condorito, integra el combo de los fornicadores de los ciegos y desciende a los infiernos dantescos cada vez que entra en contactos orgiásticos con el mundo de piel fémina, padeciendo la enfermedad de penar en sus encuentros. Todos los personajes parecen seres únicamente interpretables al calor del ritmo vertiginoso y trepidante del piano de Carla Bley con su trío de jazz que acompaña a la entrada de paraísos de final feliz, sobre todo en ese concierto -que parece música para ciegos- del Culli-Jazz- Festival de 2012.
Tomaré el riesgo de interpretar la escritura de Moreno a partir de notas musicales que se producen como telón de fondo en la sinfonía de la vida, desde su novela Bailar o morir. Y ahora en este encantador y seductor libro de poemas, como en una recurrente álgebra poetizada, reaparecen las músicas y como en un universo Cortaziano: Paris ciudad luz proyecta sombras y más que un juego de palabras, se escuchan las melodías y el sex de Max a través del sax...
En la poesía, además de palabras dibujadas a punta de versos, conviven olores como los de mujer morena y se recorren los míticos calabozos consagrados a la pasión en lechos trajinados por mil batallas dentro de habitáculos chapinerunos donde los cuerpos conservan su calor custodiados por los felinos de Bengala de las cobijas, mientras duermen arrullados ante una luz decadente de un viejo tv enrejado a la manera de los juegos de George Bataille.
Confluyen viajes oníricos, que a la manera del simbolismo francés de Aloysius Bertrand, quien influenció magistralmente a Baudelaire, y cuyos poemas llevara al piano Ravel en Ondina, un ser mágico que también seduce al ciego y lo lleva de la mano a las entrañas del océano donde se experimentan las corrientes frías entre sombras de montañas submarinas y los seductores abismos oceánicos. Y ante la pelea con un pulpo también adicto al sexo, por una razón solo revelada en las claves del tríptico de mar, el ciego sale con vida para contar la leyenda que reside en un bocado marino.
Pero el ciego no cosifica el deseo ni a la mujer, simplemente celebra en cada verso confesando que el sexo débil es el hombre. Allí es cuando el ciego reconoce que se derrite ante el sol del ser llamado mujer y sería capaz de repetir sin temor y con agrado su ceguera, cada vez que se origina el incendio que produce la presencia, cuando no la mirada de una mujer que se posa sobre un ciego adicto al sexo.
Con cierto tono irreverente y burlesco la poesía de Moreno toma por asalto al lector como un rufián de barrio de capa o ruana, por calles en desnivel y pendientes empedradas con fachadas de puertas grandes y antiguas, andenes iluminados por faroles de la vieja Candelaria, quien pudiendo hacerle un daño a uno prefiere soltarle una broma, con esa picaresca de Francois Villon, quien acompañado de un cierto aire de ambiente bucólico señala en su la prosa, a través de la denuncia del sistema educativo, que con la escuela mata al artista, al científico y al sabio.
Pero con la invención del beso, el ciego, casi de manera inconsciente, encuentra el remedio contra el pánico de la soledad, desatando las cuerdas fugaces que teje en su idea de vivir, acompañado como inventor de besos. Y la música reaparece con el jazz, la champeta y la salsa entre luces láser que atraviesan en varios sentidos la poesía de Moreno Durán con notas de Duke Erlintong, cuya acompasada armonía sitúa en pensamientos de antaño, donde aparecen Héctor Lavoe, y Michael Jackson, comprobando la eterna melodía que estalla en las varias músicas de su poesía.
De los poemas postmodernos destacan que celebran de igual manera el placer de hacer deportes extremos y el sazón de los licores. Y el humo que ameniza la rumba, llevándonos de la mano, como por un paseo playero de Rubén Fonseca, con la poesía se filtra por sus cuentos en el resplandor del caribe. Sobre las arenas de la playa de bosques tropicales, una mujer, como remedios la bella u otra chica de Ipanema, con sus encantos hace caer los frutos maduros de los árboles y despertar leyendas en los pescadores que cuentan que: “el mismo mar detenía la marea cuando ella se acostaba a su lado en esas tardes…”, dejando al descubierto aquella otra felicidad que proviene de la belleza de la carne y por la cual se abandona la ciencia y se asumen los caprichos de la naturaleza.
Bajo las nuevas formas de un nuevo amor y con el lenguaje de sugerencia los inventos postmodernos y la tecnología, aparece con las estrellas de cine y el hombre solitario que se enamora de la aplicación que es su asistente de casa, y cuyo amor llena los vacíos de los orgasmos sin que ni siquiera tenga presencia. Pero le empiezan hacer falta los olores de un cuerpo para que la ilusión siga siendo verdad.
La idea de ver el crimen desde otra perspectiva y encontrarle algo de curioso, como en crimen hermoso, nos remonta a Tomas de Quincy en su famoso y genial y siempre recomendado, Asesinato como una de las bellas artes, pero el de Moreno Durán se acerca más al corte de Aloysius Bertrand, por su correspondencia con la cultura francesa, con esos destellos misteriosos de la luna que desciende por su escalera, luces espectrales y se mete por la ventana para vernos como a una criatura.
Es el ciego entonces quien nos revela muchos detalles y nos contempla desde una ventana de la percepción, como si fuéramos los realmente ciegos de fáciles placeres, como su teatro de personajes adictos a la vida, a la poesía y como él también adictos al sexo.

 

 

 

Sobre La taberna del ahorcado.

.................................... ----....Por: Juan G. Ramírez

 

Observa Hans Magnus que la forma en que está diseñado el mundo aumenta la lista de los perdedores. Y así es. Sin embargo, esto no se puede considerar una crítica sino una descripción. Casi un elogio. Un mundo de seres retorcidos por la edad, la angustia o la certidumbre, es un lugar ideal para los creadores. Y más para el poeta que siente la vida como una “inauguración de cavernas” y trata de hallar la raíz de las emociones en lo estéril y manoseado del yo, o en el desorden de la realidad porque la tierra es una cantina donde todos, comenzando por Dios, nacen bajo los efectos de la embriaguez, buscando argumentos como se buscan paredes para sostenerse. Por eso la imagen de vidrio empañado de los elementos y nuestra incapacidad para narrar los presagios o encontrar la palabra justa al nombrar lo conocido: el árbol necesita otros nombres. Quizá lo podamos llamar corteza y hoja, y tal vez sombra y leña, y ni siquiera así se abarca en su totalidad. ¿Qué diremos de la lejanía, el crimen o los sueños? “Ya no existen límites para nombrar las cosas”, susurra el borracho. Y suelta imágenes que se enredan y se pierden, y luego afloran en otra parte, en una evidente metamorfosis.
La poética de Andrés no desdice de ese argumento. Aquí podemos ver la cosmogonía de un ebrio: noches impares, máscaras fatigadas de un carnaval, la voz intraducible de la lluvia sobre los tejados y una mujer que baja todas las mañanas a lavar sus penas en la transparencia de los lagos. Otros, menos crédulos, verán la enfermedad o la duda en la sentina de un velero que fatigó océanos y registró puertos, bajo estrellas febriles. O verán el paso firme de las tolvaneras y la señal del lictor que ordena las ciudades y provoca las estaciones, o sentirán una montaña resquebrajada por donde asoma el verso como por entre espacios en blanco.
La misión del poeta es descubrir el camino; la del lector poblarlo de fantasmas y endriagos. Aquí está la luz acerada del mediodía y el rojo poniente de la llanura, el río hecho de madera y tiempo, la palabra que afirma por primera vez, y el cansancio. Está el hombre que nació para cantar, no aquél que pregunta quién soy. Porque si aún no lo sabe, no importa, el canto va desenredando su espíritu hasta traerle el convencimiento de que la verdad crece sobre la confusión y la hierba. Está la conciencia plena de lo transitorio: “soy una burbuja que cruza la calle”. Y está el ahorcado, como el farol que ilumina a los transeúntes anunciándoles que “la muerte, a su pesar, es justa”. Quizá esté el universo con su galería de astros monótonos y confusos, y tengamos que deducirlo de las líneas entrecruzadas de estos poemas. Y los comprenderemos, tal vez los comprenderemos “cuando los dioses se arrepientan y nos entreguen su fe en delgadas culpas”. Y la sobriedad regrese al dominio de los hombres.