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Sanatorio donde se transparenta un paraguas

 

Ese abismo que escucha ha sobrepasado el bosque, la fatiga, todas las utilidades del sudor. Las flores crecen en ese trecho de ropas colgadas como establos que han terminado su servicio. Por fin ha sido fecundada la bola de billar, van cayendo bellos imbéciles mientras permanecen abrazados por el hielo de una botella vacía. Cada canción es ácido sobre las sábanas, ese estigma de azafrán que lubrica mis propias serpientes, como si la mujer fuera la memoria del viento o la de un sanatorio donde se transparentan los paraguas. Siento el filo de su aridez, ya no existen límites para nombrar las cosas, sólo las ventanas cerradas dibujan la enfermedad del mundo. Incomprensible la ira a través de los mendigos, nadie vuelve al último abandono, ni a la ciudad donde fuimos ancianos por primera vez. El deseo alienta los significados, me enfrento a los extraños, a los cuchillos atados por la muchacha que sostiene otra punta de la lejanía. Mi lugar se detiene: los perseguidos por la lluvia cierran los ojos.


Estas miserias

Aquí, el barco. Me encomiendo a los dioses para que el dolor nos quiera sólo cuando nos levantamos. Interminable el miedo, tu voz como una sombra, solitarios en la ebriedad de los dedos y del ahorcado. Tu palabra en la miseria de un día. Raíces en esa ciudad maldita que conoce tu nombre. Difíciles tardes de crucifixión, el afán, la sinfonía y unos tacones con caderas. En la taberna me confundo con el vano ungüento. Otra vez los tacones como plagas, la boca antigua, fotografía de ascendencias, triunfo infame: senos, piernas, labios, lenguas. Aquí, mi barco.

El buitre comiendo su derrota


Fuerza en la danza de los párpados. Vuelan hacía mí, se cansa el pulso de tanto golpear los dedos, diestra del pájaro que perfora su útero. La presencia del fuego es desierto que embiste con todos sus dones el agua. Duele hasta en la izquierda de la inmortalidad. Debo escribir con un nombre que le guste a Dios, que no lo desplante para reclamarle el olvido. En el Cáucaso encuentro un buitre comiéndose su derrota.

 

Llamarse hombre es simple


Descansa la sombra del mundo sobre la hierba. Cuidado de quién debo tener, cuál de los costados del cuerpo tiene más valor. Los pasos no han encontrado aún el lugar para dormir, el universo está en vigilia. Hoy la distancia ha perdido su sentido, la cuestión es cómo ser árbol, vagina de nadie, taberna. Llamarse hombre es simple, dormir robando canalladas a los canallas. Robarse a sí mismo. A veces algo es feroz, algo se constriñe. A veces el nervio deambula resignado. Todo se ha ido. No necesito hacer visitas, funcionar y propagar la solución, el escape, los decretos. La garganta para el baile puja.


Náuseas

Como en cualquier esquina, desobedeciendo sensaciones, supongo los peldaños que llegan a lo sumo, a un mero convencimiento que provoca la náusea: espejo que nadie sabe. Hace meses que apenas hago mímicas, años que no toco, aunque sea con la punta de los dedos, el Paraíso. Es necesario derrumbar siglos, medir la medida de los árboles que en las tardes se abandonan. Me entrego a la mentira: Ley de Dios. Los movimientos del universo ignoran la lasitud del día que aún no termina.

Andrés Carrillo
Bogotá
1980

Poeta

 

Poeta. Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional. Ha participado en distintos talleres de creación poética de la Casa de Poesía “José Asunción Silva” dirigidos por el poeta, ensayista y narrador cubano Alberto Rodríguez Tosca. Hace parte del taller literario “Anábasis” Escuela de escritores, que también dirigía el poeta Rodríguez Tosca. Algunos de sus poemas han aparecido en la revista Cuadernos puntos de convergencia 16 (Senderos Editores). Actualmente es profesor de la Secretaría de educación del distrito.