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Ética

Nos olvidamos de la muerte, mas la muerte no nos olvida,
Sino nos cuida, como el padre y la madre después de haber gozado
El cuerpo se levantan en la noche para velar al hijo que odian,
Nos acaricia la planta de los pies en el lecho donde nos ayuntamos,
Solícita. En vano propone una eternidad falaz, Celestina
De las almas, afrenta de dioses que no existen al hombre.
En vano se desesperan los amantes por no ser inmortales.
Son ellos su destino, mas se castran. Cambian su obra
Por dos billetes de banco: uno, la fe; otro, la justicia.
En vano siempre. Mueren sin vivir todo lo que humano es
En la tierra o el infierno. La carne que alzarlos debió, los baja.


El regreso

El regreso para morir es grande.
(Lo dijo con su aventura el rey de Itaca).
Mas amo el sol de mi patria,
El venado rojo que corre por los cerros,
Y las nobles voces de la tarde que fueron
Mi familia.
Mejor morir sin que nadie
Lamente glorias matinales, lejos
Del verano querido donde conocí dioses.
Todo para que mi imagen pasada
Sea la última fábula de la casa.


Valle de Cúcuta

Toco con mis labios el frutero del día.
Pongo con las manos un halcón en el cielo.
Con los ojos levanto un incendio en el cerro.
La querencia del sol me devuelve la vida.
La verdad es el valle. El azul es azul.
El árbol colorado es la tierra caliente.
Ninguna cosa tiene simulacro ni duda.

Aquí aprendí a vivir con el vuelo y el río.


Cada palabra

Cuando la muerte es inminente,
la palabra -cada palabra- se llena de sentido.
La sentimos nacer al fin grávida, indispensable.
Esplende lo que por años había sido nuestra duda:
su fasto, conquista del mundo.
Nombramos la centella que nos mata:
el mundo es una palabra.
No hay tiempo entonces que perder
y esta experiencia última, única nos resarce de toda patria.


Tal es su privilegio

Los días me insultan al pasar, me apocan
Con palabras de muerto: injurias de otro siglo,
Culpas que ni siquiera yo reconozco
Aunque haya admitido la de ser hombre.
Mas ¿cuántos quedan? Tal es su privilegio,
Pues si los niego o mato no me queda vida,
Y hay que tomarlos como son, ratas feroces
Que me roen el vientre y me condenan


No pudo la muerte vencerme

No pudo la muerte vencerme.
Batallé y viví. El cuerpo
Infatigable contra el alma,
Al blanco vuelo del día.
En las ruinas de Troya escribí:
"Todo es muerte o amor",
Y desde entonces no tuve
Descanso. Dije en Roma:
"No hay dioses, sólo tiempo",
Y desde entonces no tuve
Redención. Callé en España
Pues la voz de la ira desafiaba
Al olvido con mis tuétanos,
Mis humores, mi sangre; y
Desde entonces no ha cesado
El incendio.
De reposo
Le sirva tierra extranjera
Al héroe. Cante fresca hierba
Como abeja del polvo por sus
Párpados. Yo no me rindo:
Quiero vivir cada día en
Guerra, como si fuera el último.

Mi corazón batalla contra el mar.

 

 

Jorge Gaitán Durán
Pamplona, Norte de Santander 1925 - 1962 Pointe-à-Pitre

Estudió Derecho en la Universidad Javeriana. Colaboró con el suplemento dominical
del periódico "El Tiempo", director de la revista literaria "Mito". Publicó los libros de poemas Insistencia en la tristeza (1946); Presencia del hombre, Asombro (1951), Amantes (1958) y Si mañana despierto (1962). Dejó inédito El Diario. Escribió la ópera Los Hampones (1961) y el libro de ensayos Sade, el libertino y la revolución (1960). Fue columnista del periódico "El Espectador" con Dentro y fuera, fundó el periódico del M.R.L.