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Habanera

¿Dónde estoy?
Yo despierto y no encuentro mis cosas.
¿He perdido las llaves
que me inducen al vuelo?
No me encuentro en mis libros
ni veo mi propio espejo
ni la dolida mesa
de los papeles ciegos,
ni las voces de siempre
ni mis zumos terrestres.
No me palpo a mí mismo,
pero tampoco he muerto.
No encuentro mis fantasmas
ni veo mi geografía.
Solo capturo ahora
avenidas inéditas
y una calle sin rumbo
por donde yo me pierdo
sin mis ángeles vivos.
Yo despierto y me duele
el rapto de mis sueños.

La Habana, marzo del 2000

 

Júbilo

No faltarán palabras para cantar el júbilo,
siempre tendré un murmullo.
Para abrir el silencio,
para herir la clausura de la noche
siempre tendré en mis labios un balbuceo,
un canto, una balada,
nunca un eco que roce mi boca o mi destino.
Nunca vendré de nadie para alabar tu cáscara,
sobrarán los instantes para besarte íntegra.
No faltarán las sonrisas
ni goces en las ceremonias improvisadas.
Todo se hará a su tiempo y será pronto.
Ahora abandonémonos a este ocio invisible.


El viejo

Pero viejo: te has tragado
tantos lunes y martes en tu vida
y tantos miércoles
bebido con los jueves,
te has comido los viernes
tirando hasta los sábados,
devorando los domingos,
pero tantos tantos
durmiendo, derrochando,
fumando,
viendo campeonatos de fútbol
o echando cháchara con el vecino
o junto a tu mujer,
haciendo que el amor los haga
o los hiciera,
que el invisible rastro
de tantas aventuras
ha dibujado arrugas en tu rostro,
canas, caries,
pelos de menos, gafas,
gota, ciática, próblemas en el hígado,
asma, próstata, gripas,
hasta llegar a esta tarde cualquiera
de un enero en que te miro
contemplar el mundo
--sólo--,
en un paradero de Bogotá, mirando el infinito,
como un viejo perro ya sin dueño.


Fiesta invisible

Hoy he vuelto a ver a mi padre
treinta años después de haberlo acompañado
a la estación del silencio.
Y me he encontrado con un hombre muy joven,
concentrado sobre sus papeles,
inclinado sobre sus palabras,
fumando silencioso, impecable, sereno.
He vuelto a verlo.
Su presencia me ha visitado
durante algunos breves y largos minutos,
y han resurgido canciones e imágenes.
Le he hablado de mis hijos,
de mi nieto reciente,
y me ha mostrado gestos y signos de regocijo
y de radiante ternura.
Hemos vuelto a recordar sus predicciones políticas
sobre América,y, como siempre, ha acertado.
Ha bebido sólo la mitad de la copa
y con nostálgico ademán se ha marchado de nuevo.
De pronto, viendo con estupor
cómo se escapaba de mi vista su fantasma,
me he encontrado a mí mismo
sediento de aire, oloroso a otro tiempo,
regocijado y a punto de lorar
en el momento en el que mi niñez dejaba de existir nuevamente,
y me he mirado en el espejo
de ese rostro que mi inquietud habita
y he vuelto a ver el rostro de mi padre,
amoroso e inocente,
como si en la estación del silencio,
esta noche, y sólo por esta noche
estuvieran de fiesta.


La fiesta perpetua

Mi historia está llena de silbidos y dédalos,
de voces y de veces, de jodidas preguntas,
de estaciones narradas para un inventario
de cicatrices y de resonancias.

Mi historia es una casa que envejece
con sus recintos intactos. Mi historia
es un cuerpo que habita entre estupores
y una boca que incendia las palabras
cuando bebe el amor. Mi historia debe ser
un banquete, una historia perpetua
donde conviven el duende y el disturbio.

José Luis Díaz-Granados
Santa Marta 1946

Poeta, narrador y periodista. Entre sus numerosos libros se destacan: El laberinto (1984); Cantoral (1992); Rapsodia del caminante (1996) y Poesía dispersa (1999).
Además ha publicado las novelas Las puertas del infierno, (3ediciones) nominada al Premio Internacional de Novela "Rómulo Gallegos" (1987); El muro y las palabras: Premio Aniversario ciudad de Pereira, (1994);
El esplendor del silencio (1998) Editorial Norma, en la colección "La Torre de Papel".
Publicó Juegos y versos diversos (1999); Cuentos y leyendas de Colombia y El libro Cuaderno matinal (1999), que apareció bajo el sello de Editorial Panamericana. Actualmente reside en La Habana (Cuba)