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I

Nada, ni las rosas con sus espinas, ni el olor de
los claveles, nada puede herirme, solamente la luz
de tus ojos y tu voz susurrando al oído: “tuyo
es el cielo”.

II

La madera y el metal son materia santa, la carne
los escucha mientras sigue sus pasos.


III

Abiertos los ojos en la noche veo pasar mi vida,
incesante e inútil, entregada al placer de los
hombres. Cerrados los ojos a la luz, siento sus
largos dedos enredados en la camándula que te
nombra.


IV

Sostengo con desdén, en una mano, el mundo y
sus riquezas. Severa es mi mirada para quien no
reconozca en la dirección de mis dedos el cielo
prometido.

 


 

Francia Elenea Goenaga
Barranquilla 1964

Paula Klee es Francia Elena Goenaga.

Publica en Ediciones San Librario su primer libro, Pequeñas mujeres en prosa, en el año 2002. Ganó el premio de traducción de poesía francesa, organizado por la Alianza Francesa y la Casa de Poesía Silva, en el año 2004. El libro La boca del cielo (de donde estractamos los poemas que aquí aparcen) fue finalista, en el año 2005, en el Concurso de Poesía del Instituto de Cultura y Turismo. Actualmente es profesora de planta del Departamento de Literatura, de la Universidad de los Andes.

 

 

La boca del cielo, de Francia Elena Goenaga

por Juan Fernando Mejía Mosquera

 

Se trata de muy pocas frases. Austeras, las palabras se recomponen en cada una de sus apariciones varían al repetirse. Esa sencillez busca su lugar frente a la experiencia barroca de la vida y del lenguaje místicos. Ese lugar no estaba allí esperando, las palabras de la boca del cielo no podían contar con la hospitalidad de un nicho que las esperase desde siempre. No tenían un lugar en el coro esperando por ellas. Precisamente por tener que darse un lugar en esa experiencia del lenguaje y de la vida, las palabras han obrado una transformación del espacio y de los cuerpos que lo habitan, de ese trabajo resulta una composición que nos atrae y nos desafía.

Los retratos de las monjas muertas no glorifican su martirio y su renuncia, no se limitan a seguir su pasos ni a componer nuevas plegarias con el antiguo léxico de la mística. Las monjas muertas son incógnita y fuente de asombro para una mujer que no sólo ha visto el mundo sino que lo ha visto hacerse múltiple y veloz. Sin embargo, las preguntas que la experiencia de estas mujeres del barroco plantea a una mujer de nuestro tiempo no pueden resolverse de manera distante. Estas mujeres barrocas son misterio. No porque se oculten sino porque han hecho de su vida cierta experiencia de lo sagrado y de ella no han dejado más que un rastro: sus póstumos retratos en los cuales deben leerse todas las huellas de sus vidas y de sus muertes, sus gestos detenidos, puestos ante el retratista.

El misterio de las monjas es tan grande como el de la práctica de producir un retrato de ellas en olor de santidad. ¿Quiénes eran y qué pensaban o sentían los retratistas que de tal manera las honraban? ¿Cómo se definían los contenidos de las escasas frases que resumían las vidas de estas mujeres en las breves líneas escritas bajo el retrato? Difícil saberlo con certeza, con todo, es posible señalar la dificultad más grande para el retratista: hacer patente, en el mismo gesto, por una parte, la singularidad de la vida, virtudes y devociones de la mujer muerta y, por otra, el modo en que esta singularidad había luchado por inscribirse en el orden eterno: el cuadro no es una constatación de este triunfo, es una oración que quiere “colaborar” en el logro de semejante consagración. Tal vez el retrato sea la única forma de eternidad que alcancen esas mujeres.

Francia ha reelaborado estas singularidades: la de las monjas y la de sus retratos con un ejercicio poético en el que se consuma la redefinición del espacio en que estas mujeres (mujeres muertas retratadas) buscaban inscribirse. En la boca del cielo, las palabras que nombran los ejes de su experiencia cobran nuevos sentidos y las oposiciones que constituían sus puntos cardinales se transforman: “Cuerpo” y alma”, “cielo” y “tierra” cobran nuevos significados cuando componen estos retratos.

Dos direcciones señaladas por dos naturalezas de la mirada marcan dos aspectos de la experiencia. La vida en esta orilla de la muerte dispuesta como anhelo y entrega. La vida en la otra orilla colmada de serenidad y renovada en el asombro de la nueva condición. El cambio que tiene lugar en los poemas, la transustanciación de la experiencia mística a la que nos llevan estas frases se consuma en la forma en que se invierten las relaciones entre alma y cuerpo, cielo y tierra. El lenguaje del amor y del deseo, del anhelo y de la fe no se manifiesta en un adiós al cuerpo sino en su recuperación: ojos, dedos, labios tienen nuevos sentidos. El vientre y la piel no son abandonados sino comprendidos como lugares de lo sagrado. Consumada la muerte, los ojos se llenan de tierra y la comprensión de la existencia en esta nueva condición no se elabora con materiales trascendentes, antes bien, el cuerpo y los sentidos se reconocen en este nuevo ámbito gracias a su experiencia de olor y de humedad, los pétalos de la corona son ahora los de las flores de un jardín, germinan los insectos y esta nueva visión se hace gozosa: un cuerpo boca arriba se pregunta por su otro lado, su ser de cuerpo boca abajo.

A la transustanciación de la experiencia mística hay que sumar la de la experiencia poética. La historia de las definiciones de poesía es la historia de los diversos modos de comprender el ser otro que el poeta se da como labor. En el caso de la boca del cielo, Francia no se vuelve otra sino muchas, muchas otras mujeres que, no sin una vibración espectral de sus voces, nos permiten escuchar partes de su conversación con un ser amado (La palabra Dios está ausente). En esa conversación estas mujeres dan las puntadas de dos labores: la de comprenderse a sí mismas como partes del mundo y la de comprenderse a sí mismas al habitar la soledad de sus cuerpos.

¿Dónde han ocurrido estas transformaciones? ¿en qué instantes se han creado estas frases con acentos tan sutiles? ¿qué viajes acompañaron estos misterios? Son preguntas que vienen a mi mente cuando pienso en la mujer que ha producido esta obra, en su modo de habitar poéticamente los días.