Counter Stats
accomodation gold coast
accomodation gold coast Counter

 

Figuras del deseo

En San José de Costa Rica hay lugares posibles, sombras amarillentas,
sitios que se asemejan al mar por su voluptuosa tormenta
y el asiduo partir y regresar
de la vida perpleja.

Nadie huye de los lobos;
ya no hay cristales rotos, ni abandonados cuerpos,
ni ventanillas a la melancolía.
Todos viven como ángeles
que amanecen, se cubren, se acicalan,
se saben secuestrados en medio del océano,
sin historias de amor, sin odios, sin pudores.
Hay un aroma a tiempo entre sus calles,
un ruido desafecto
que se prende de tu piel, como de arena;
hay palabras candentes, hay abrazos, hay cifras,
jardines con historias como petrificadas,
solitarios crepúsculos,
bandadas, colmenares.
Pero, ¿dónde está el tiempo?;
¿dónde la voz que clama?; ¿dónde los cuerpos
que, invisibles de pronto, reclaman su fulgor?
¿Quién azuza el horror,
cuando hay figuras bellas sin guaridas ni picas?
¿Quién rompe el naipe?; ¿quién se lanza
en un pequeño esquife a al mar, y la invoca?

Para reconocer un narcisista

Él se fija en las puntas de sus pies,
él se mira las uñas,
se ajusta el moño, el lazo (en fin: la pajarita)
y empieza su viaje cotidiano hacia el espejo.
Hay en sus manos
una solemnidad de estatua,
una sombra de alondra,
una suerte de aroma a terciopelo,
a minué o a ceniza.
Habla para que el mundo lo contemple;
arroja un pétalo a la suave corriente
y el río lo aplaude y lo retrata;
se engola de sí mismo
-demasiado perfecto para ser verdadero-
y mira a los tres puntos cardinales (el norte es él)
por sobre el hombro,
recogiendo su espada y su gabán.
Ha aprendido a entonar sus propios epinicios:
en mejicano cuando fue a la augusta
ciudad de los metales y los charros;
en catalán cuando hizo migas
con una marinera japonesa que pasaba tiempos e Gerona;
en alemán a veces, porque da postín,
y en castellano, en nica, en quechua, en rioplatense,
según el ritmo, el baile y la etiqueta.
Para reconocerlo
basta observar su estilo
de llevarse la mano a la corbata,
de acariciar las sienes amarillas,
de insuflar citas célebres;
pero más si se fija en las puntas de sus pies,
y se mira las uñas,
como si hiciera reverencias
a todos y por todos,
agradeciendo aplausos a la nada.

Sin nombre

( In memoriam:A.O. )

A veces una ingrata sorpresa,
una puerta entreabierta que de golpe
se cierra en medio del silencio herido;
otras es un fantasma ciego,
una sombra insistente
que nos sigue y nos aleja y nos conmina.
Mas siempre es innombrable:
golpea, nos hace trizas las palabras,
finge viajes y encuentros,
nos toca, nos rodea;
dice que el tiempo es solo un manantial
refulgente a lo lejos,
que la noche no existe,
que no hay ruidos ni trampas ni prisiones.
Siempre la muda, la obstinada y sola,
la que no tiene nombre
ni palabra posible.


Para que el tiempo se vaya…

NI la más lenta música,
ni el paisaje más vano o fugitivo,
ni la justa bengala de la juventud
batiendo puertas.
Nada lo detendrá.
Es como un sueño de caballos en que desenfrenado
Arrebatado nos prende y atropella,
que nos huye y nos cerca.
Las figuras, los trastos,
la mano torpe del jugador,
¿dónde habrán de quedar sino entre las palabras,
conjuradas, oscuras,
habitadas apenas por los días felices?
Duendes y palitroques: eso son las palabras.
Y ni ellas mismas, que besan como moscas,
que aúllan sin pasión contra el silencio,
y murmuran y saben que morir a tiempo
es mejor que la nada.
No es la música lenta,
Ni la gracias que deja la belleza en las manos;
es el cobijo del miedo,
la amenaza velada que es espejo retiene
certero y nos traspasa.
No hay música ni juegos ni palabras,
sólo el duende del miedo, el palitroque
para que el tiempo se vaya.


La cancelada,

juguemos al amor,
rebocemos el cuenco,
dame el temblor, tus prevenidas sombras,
el arte de la noche
que entre tus movimientos se despierta.
Ya no el silencio despiadado
de los días oscuros,
ya no el despeñadero de los actos injustos;
quiero el río de tus furias,
el ángel marinero que levanta
tu estatua y sus puertas,
el árbol que encontré, cuando galeote y náufrago,
en tus vertientes.
Anda, que los colores pasan como duendes,
como adelfas acaso,
y yo los quiero
para una esquina de tu bosque en llamas.
Soy la avutarda, el lince,
un fauno que perdido entres tus cauces subre,
alguna danza antigua,
una osamenta contra el tiempo, una fecha
casi desconocida; dímelo tú. No importa.
Pero ven a la fiesta, al vendaval,
y dejemos abierta la cancela, que la arena del miedo.

no pasará, no pasará. Juguemos.

Del libro: Enigmas de la imperfección.

Carlos Francisco Monge
San José de Costa Rica

El enigma de Carlos Francisco Monge
Por Flora Ovares

El poemario "Enigmas de la imperfección" de Carlos Francisco Monge, merecedor del Premio Nacional Aquileo Echeverría, destaca por el cuidado y la pureza de su lenguaje, por la riqueza evocativa y la fuerza de los mundos y obsesiones convocados.

El libro está dividido en cuatro secciones, cada una precedida por un texto en prosa. Esta doble textura apoya otro desdoblamiento pues la voz lírica se duplica en una especie de personaje, Alguien, quien da cuenta de las circunstancias del proceso poético.

El juego entre este mundo exterior presente en la prosa y los poemas confiere movilidad al conjunto. Hace pensar en los telones de un escenario del que surge la presencia difusa de la ciudad y la vida cotidiana. Primero emerge ese entorno que nos construye y a la vez nos borra en la soledad y el anonimato, mundo de silencio y olvido frente al que se erige la palabra del poeta.

En el interior de ese escenario, alientan las pasiones del autor, algunos de los temas que se reiteran a lo largo de su obra previa. Surge sobre todo el dilema del tiempo, de la pérdida de la inocencia, de la precariedad del existir. Ejemplo de estos son "Sin nombre", "Descripción de lo que fuimos" o "Coplas por la suerte de mi padre", uno de los mejores poemas del libro.

Es como si el hablante nos dijera: "aquí está el mundo de cada día, hecho de olvido. Frente a él, el poema, que impone el recuerdo; dentro del poema, el tiempo, que lleva a la nada". De manera que la estructura misma del poemario constituye una reflexión sobre el quehacer literario.

Por eso, otro de los temas que atraviesan el libro es la poetización del quehacer literario, presente en textos como "Arcángeles" y "Oficio de poesía". Emisarios de dioses ocultos y desaparecidos, los poetas "no sirven para nada" pero "ellos vienen felices, con su pan, sus antorchas, su corazón en paz, como ángeles hermosos, sosegados".

Ante este dilema, este enigma, el hablante se sabe habitado por voces antiguas o cercanas, se siente sumergido en los sonidos y los murmullos de la poesía de otras épocas. Desde el homenaje a poetas desaparecidos recientemente, como Rodrigo Quirós e Isaac Felipe Azofeifa, hasta los ecos de otras voces más lejanas: Virgilio, Jorge Manrique, Shakespeare, la poesía española de los Siglos de Oro y las vanguardias, Darío incluso.

Aparece también la Mujer como el origen del decir poético, asunto constante en la poesía de Monge. De ahí se llega al tema del amor, que alienta hermosísimos textos como "La cancela", "Oración por la muchacha que eres" y "Tus piernas".

Todos estos temas y motivos se entrelazan, de manera que parecen desplegarse simultáneamente ante el lector, en una ilusión de presencia semejante a la del teatro, cuya magia insiste en la verdad de lo que se mira mientras su artificio niega la realidad del espectáculo.

En ese escenario de palabras, el hablante, como un Hamlet obsesionado por los fantasmas que lo habitan, profiere el poema, rompe el silencio. Porque los poetas guardianes de la memoria, insisten, trapecistas también ellos, en mantener el precario equilibrio entre el desencanto y la confianza. Como el mismo Monge dice en otro lugar, "Lo que no podemos hacer es callar. El silencio es una forma de complicidad". Aunque al final todo sea solamente "palabras y palabras y palabras".

Flora Ovares

Carlos Francisco Monge, Enigmas de la imperfección, Heredia; Editorial de la Universidad Nacional, 2002.