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I

Sentado sobre el mármol imagino montañas, recojo las semblanza del día, adquiero tu silueta contra el misterio. Tiene miedo mi daga de rememorar lo que hace falta, las horas resquebrajadas sobre el patio, las hojas que arrastraba el viento. Pero una astilla tenue insiste en aguijar mi corazón, trae tu perfume entre las avenidas del pasado, tu suave camino, las luces que acuchillaban la noche como la súplica de los ausentes.


II

Veo por la ojiva de la ventan el encalado cegador, las láminas de oro que guiñan entre los domos. Bajo mi mano el pergamino se extiende como el desierto, como la arena incontable que recorrí para medir los años. Mi imaginación se confunde con el recuerdo, la gota que resbala del verdor de las hojas a la húmeda piedra. No sé si pasó, o si los demonios del sueño tejieron las imágenes mientras dormía.

III

El aire reseco raspa mis dientes. Pronto vendrá la guardia del rey, los pasillos retumbarán con el eco de sus botas. Acomodo mi yarmulke con diáfana indiferencia, y de nuevo irrumpe en mi mente un azul desmedido, enneblinado a veces, otras tejido por el sol. Mi espada descansa contra el muro, recubierta de años. Es el bordón de mi vejez, como fue cordón del agua en mi infancia, y después la hoja mágica que producía transparencias en el espejo de líneas que no mentía. Pero la fórmula de los años no trae hoy sabiduría, y la ecuación de los algebristas solo repite el mismo número, que siempre es cero.


IV

Aguardado en la antesala mientras mi pensamiento se sumerge . Las incontables noches se repiten como las gotas del rocío, una sola mañana me acompaña. En el lago del corazón nada una duda diminuta, una demencia frágil toca al cristal de mis ventanas. Viene a mi mente un mendigo endurecido por la supervivencia, una costra de vida que se arrastraba por el universo de sus tres callejones. Lo recuerdo babeando, guijarros de lúcida conciencia en el fondo de sus cuencas, detrás de los velos de la neblina distractora, de la bruma amaestrada para espolear la compasión. Rememoro de nuevo el filo que le cercenó la cabeza, las gotas de sangre que mordieron las puntas de mi camisa.


V

Esa repujada guarda silencio. Su intrincada talla se repite, simétrica como los azares de la guerra. Veo de nuevo mi ejército, de nuevo recorro los nevados senderos de piedra, los pasos por las montañas, la caliente satisfacción de la sorpresa, el acerado triunfo de la pica. Los gritos de los moribundos me vuelven a confundir, procuro escapar en una barca de rectitudes aprendidas, naufrago en el mar de mi corazón. Quiero descanso, los ojos verdes de mis hijas, una tarde que desciende pausadamente, una noche estática bajo el frío de la luz. Pero quien hizo la guerra vive en guerra, y mis segundos cantan la marcha del tambor.

VI

¡Qué nobles es el silencio de la piedra! El nuestro guarda una máscara del corazón obscuro, una sorda impaciencia por dejarse ver. Un general es un señor de hombres, un semidiós obtuso como un cencerro, o un muñeco hilvanado sobre la vida por la duda. Tanta muerte de día abarata la existencia, tanta angustia desoída se acumula sobre el viento, se pierde como un quejido en la tormenta y sólo vuelve a vivir como ahora, en las visitas al pasado de los viejos.

 

VII

Mi padre me hizo prometer el odio. Un vendabal de agujas encendidas se azotaba en mi garganta, una promesa de sangre amarga se asomaba a mi boca, de noche, cuando la luna aumentaba el espacio y los cubos de la cal multiplicaban la luz, una plegaria tal vez perdida sobre los adoquines, delgada contra el hambre de la arena.


VIII

Una palmera o dos. Un encaje de sombras, una anticipo del mar como barca de millones de años que remonta la obscuridad. El vacío que siento es infinito, pero en él no caben, ahora, las dos miradas que me diste cuando me iba por primera vez. Un cuchillo de sal, otro de arena.

Del libro: Espada de piedra.

 

Mnuel Arce Arenales
San José de Costa Rica
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Profesor, ensayista. Ha publicado varios libors de texto y de teoría del lenguaje. Ha promovido las letras de su país a través de diversas publicaciones en las que rescata las voces y las semblanzas de generaciones perdidas. Como educador ha llegado a proponer las nuevas instancias de una cultura poética: Series de conferencias culturales para mostrar la otra casa que habita en su ciudad. Ha sido uno de los poetas que intentan rescatar a los jóvenes de su país. Pocos han leído sus poemas, pero muchos están de acuerdo con sus obras culturales y programáticas.

Capsula

Nadie, como Manuel, establece los vasos comunicantes entre la estética de Bertrand y las correspondencias de Baudelaire. Hay en él un Diablo de la prosa. Fragmentos en los que se podrán dar la mano todos los que desdeñan la venia. Es que Manuel entiende el misterio de la vida conjugada con esa otra visa que le dan a los creadores de soledades y enseñazas. Sólo quien atiende a la fanasía se allega al conocimiento. Así es la verdad del Universo.

Jaime Londoño