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En azul

Azul como el delirio, azul como la hora
en que cruza tu sombra mi fiebre desvelada;
azul como el más bello cuento de Scherezada,
azul como la noche de una leyenda mora.

Azul como la llama convulsa que devora
la mirra alucinante de la orgía sagrada,
parece que de todo lo azul fuese formada
la veste que te ciñe sensual y triunfadora.

De cálidas neblinas irrigan un paisaje
fugaz y caprichoso los visos de tu traje;
el aire entre sus pliegues tornasola suspiros ...

Y bajo la tormenta que aviva el sortilegio,
tu cuerpo resplandece, desnudo, lácteo, egregio,
prisionero en un móvil palacio de zafiros.


Diafanidad

Sereno el esplendor de nuestro júbilo
en la urdimbre de oros vesperales;
lino tus manos, sedas el murmullo
de la canción y la ternura errantes.

Callada melodía del coloquio...
Mi corazón, nostálgico velamen;
tu corazón, velero migratorio,
mecidos al arrullo del instante.

Y los deseos como rosas vagas,
y la caricia como una ave ciega,
dulcemente quedándose asomadas
a ti como al brocal de una cisterna.

Toda distante, toda en mí te llevo;
dora la bruma tu presencia cándida,
y sobre el césped de un azul silencio
la noche compasiva nos enlaza.


Niebla

Te llevo toda en mí, forma y sustancia
susurrante dulzor, roce de sueño,
susurrante dulzor, roce de sueño,
hálito floreal de tu distancia.

Abre el día en tu cálido diseño
y la noche en tu nómade fragancia
te llevo toda en mí, roja fragancia
del propio corazón trocado en leño.

Voy en redor de ti; como la niebla
-fervor del valle que el estío puebla-
floto sobre el perfil de tu hermosura.

Te llevo toda en mí; de luna y brisa
tu inmarchitable forma diafaniza
el sombrío esplendor de mi ventura.


¿A qué?

"Ya perdieron su arrullo los ocasos
y los abismos florecieron huesos".
                         Matilde Espinosa


A qué llevar hacia el azul los pasos;
a qué nombrar las cosas dulcemente,
si para la penumbra confidente
«ya perdieron su arrullo los ocasos».

A qué entreabrir los sitibundos besos;
a qué dejar la rosa en la ventana...
Bajó desde los cielos lumbre vana
«y los abismos florecieron huesos».

A qué mecer la tarde entre los brazos,
ni sentarse a la orilla de la fuente,
si en el sordo rugido del torrente
«ya perdieron su arrullo los ocasos».

Inútiles ya todos los regresos,
divaguen en la sombra nuestros pasos
«ya perdieron su arrullo los ocasos
y los abismos florecieron huesos».

Carlos López Narváez
Popayán 1897- 1971 Bogotá

Hijo de un telegrafista. Estudió en colegios regentados por religiosos con Guillermo Valencia y Rafael Maya. Cursó Derecho en la Universidad del Cauca.
Académico, catedrático en universidades y colegios, Director de Extensión Cultural de la Universidad Nacional, Director de la Radiodifusora Nacional, funcionario de los Ministerios de Educación y de Relaciones Exteriores, ejecutivo de importantes multinacionales y diplomático en los Estados Unidos y Francia. Amaba profundamente la cultura, a ella sirvió a lo largo de su vida en los diferentes cargos que desempeñó. Miembro de la Academia de la Lengua. Prosista, y gran  traductor de textos de Beaudelaire, Proudhomme, Valery, Leconte de Lisle, Armand Godoy, Henry Barbusse entre otros.