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La sepultura del guerrillero
 

En silencio marchábamos, trepando
del agrio monte hasta la cumbre llana,
e iba nuestro camino iluminando
el primer esplendor de la mañana.

Sobre un lecho de ramas vacilante
con la bandera blanco-azul cubierto,
al hombre va el cadáver adelante
de un joven en la lucha de ayer muerto.

  Y con las luces de la aurora inciertas
veíamos abajo silencioso a Guasca estar,
y alrededor cubiertas sus dehesas de césped oloroso;
y más abajo el río que desata su espumoso raudal;
y parecía cinta de perlas y bullente plata
serpenteando entre la negra humbría;

  y más lejos, en lo último del llano,
blanquear de toldos apiñado grumo,
y alzarse en ondas por el aire vano
del enemigo campamento el humo;

  y en el confín del último horizonte, reverberando al sol, alzar su cima sobre un monte,
y un monte y otro monte la pirámide excelsa del Tolima.

  Llegamos de la cumbre a una meseta,
que era el lugar por la amistad marcado
para dar sepultura en la secreta
soledad al guerrero desgraciado.

  Sobre un lecho de angélica y mastranto depusieron al fin el cuerpo inerte;
y alrededor nosotros entre tanto
hacíamos la vela de la muerte.

  Lo contemplamos en silencio;
había muerto en la flor de edad bella y lozana; ¡así acababa tan risueño día,
antes de que pasara la mañana!

Negros, largos bajaban por la frente,
blanca como la cera, los cabellos;
y ver una sonrisa dulcemente
nos parecía entre sus labios bellos.

  Sin la herida mortal, profunda y ancha
que desgarró su corazón altivo,
y sin la sangre que su cuerpo mancha
se pudiera juzgar que estaba vivo.  

Rendido sólo por la cruda muerte,
mas no vencido en la batalla fiera,
caído como cae el varón fuerte,
por defenderla, al pie de su bandera.

  ¡Oh lamentable escena! Cuatro amigos
la tumba abriendo del amigo muerto,
sin cánticos, ni pompa, sin testigos,
en lo más escondido del desierto;

y en la tierra y el cielo todo en calma
en esa virginal naturaleza,
y sólo agitación en nuestra alma
y el dolor rencoroso en su tristeza.

  Ni una voz en el páramo, ni el grito
de un ave que rasgara el vago viento;

mudo el espacio, diáfano, infinito,
y silencioso el ancho firmamento.  

¡Ah! ¿qué éramos allí, pobres mortales
grandes por el dolor únicamente?
Un átomo perdido en los raudales
de aquella inmensidad omnipotente.

  Y luégo que nuestra obra terminamos,
y estuvo abierta la profunda huesa,
sus restos con amor después bajamos,
con el respeto de amistad piadosa;

y alzando a Cristo súplicas sinceras
porque acoja su espíritu afligido,
en su frente de veinte primaveras
la tierra echamos del eterno olvido.

  Con dos toscos maderos mal trabados
una rústica cruz después hicimos,
y cual memoria de tan tristes hados,
sobre su sepultura la pusimos.

  Vueltos luégo al oriente, donde el alba
con sus rosas de oro relucía,
por toda despedida hizo una salva
aquella nuestra triste compañía.

  ¡Descansa al fin en paz en este suelo,
que el tuyo no es, oh joven desgraciado,
tú que no recibiste ni el consuelo
del abrazo materno regalado!

  ¡Duerme por siempre al son de estos torrentes
y de la blanda brisa a los rumores,
a la luz de los astros esplendentes,
en tu lecho de hierbas y de flores!

  Muchos hicieron antes lo que hiciste:
fuerte lidiar con generoso pecho;
¡ninguno más que tú, pues que moriste
por tu Dios, por tu patria y tu derecho!


El Tequendama.
 

Oír ansié tu trueno majestuoso,
tremendo Tequendama! ansié sentarme
a orillas de tu abismo pavoroso,
teniendo por dosel de parda nube
el penacho que se alza por tu frente,
que cual el polvo de la lid ardiente
en confundidos torbellinos sube.

Quise también mezclar mi acento débil
al grande acento de tus muchas aguas;
y respirando el aire de tu gloria,
ensalzarla también con voz ferviente,
mi lira haciendo digna de memoria
Y arrojarla después a tu corriente.

Héme aquí contemplándote anhelante
suspenso de tu abismo...
             Mi alma atónita, absorta, confundida con tan grande impresión, te sigue ansiosa
en tu glorioso vuelo,
y al querer comprenderte desfallece
de tanta fuerza y majestad vencida!
Tu voz es cual la voz de un Dios que pasma
de asombro y de terror a las naciones,
cual rimbomba el cañón en la pelea,
y anuncia así de lejos al viajero
La hórrida majestad que te rodea.

Los ecos ensordecen, y se cansan
da repetir la horrible melodía
que de ti suena en torno,
cual si fueran los himnos de un triunfo
llenos de pompa y bélica armonía.

El águila asustada alza sus vuelos
por el éter brillante, a las montañas
donde chillan hambrientos los hijuelos.
te avanzas presuroso, omnipotente,
lleno de majestad, de gloria suma,
y saltas de un abismo a otro mas hondo
en sábanas lumbrosas de alba espuma.

La roca al golpe contrastada gime;
hiere la onda atormentada y gira;
se rompe, se revuelve, se comprime
con clamoroso y desigual estruendo,
c como quien se queja y quien suspira,
y como el humo de una grande hoguera
en torbellinos al Olimpo sube
de clara niebla en argentina nube.
El Ángel guardador de tus raudales
aquí de tarde a contemplarte viene,
y en este altar de piedra que se avanza
lleno de algas, de espuma zarpeado,
se sienta, el ruido de tu choque oyendo.

Su cabeza de juncos ven ceñida
y de silvestres ovas,
y su capa de púrpura teñida
los montañeses, y oyen el concierto
de su laúd divino, al brillo incierto
de la pálida luna,
cuando en silencio está todo el desierto.

Prodigio del Criador! Oh! nada falta
a tu gloria: pictórico horizonte
delante se abre; antiguos como el mundo
los árboles se elevan en tu monte;
solemnes armonías
resuenan en tu seno ancho y profundo;
flores, perfumes, luz y movimiento,
aire esencial de vida en cada aliento;
un cielo claro encima,
cual el alma de un niño, ven los ojos;
y por diadema para ornar tu frente
iris de oro, de púrpura y diamantes
que cruzan sobre ti reverberantes.

Mas ¿dónde están, oh río! aquellos pueblos
de esta región antiguos moradores?
¿Qué se hicieron los cipas triunfadores
qué se asentaban sobre el trono de oro,
y que, padres mas bien que augustos reyes, sonriendo con delicia y frente leda,
de paz y amor dictando iguales leyes,
cual se gobierna a una familia, al pueblo
con el cayado patriarcal llevaban
cual con riendas de seda?
¿En dónde el templo en láminas de oro, resplandeciente al sol?
¿ A qué comarca trasladaron las aras en que ardía el aroma suavísimo entre el coro
de voces virginales noche y día?
Dónde Aquimin, el Bogotá, el Tundama?
¿A dónde el santo Sugamuxi? a dónde?
Tu trueno asordador, como un lamento,
es la voz sola que a mi voz responde!
pobres indios, abyectos, decaídos
del vigor varonil, desheredados
de este tan bello y tan fecundo suelo,
vosotros no poseéis de vuestra
Patria Sino el dulce aire y el brillante cielo
O una heredad cortisima!
El arado Rompe la tierra y de las tumbas
seca los ídolos pequeños, confundidos
con el polvo sagrado
de un sacerdote, un cipa, un rey de Iraca.

Como se avanzan a este abismo oscuro,
y en él se pierden las pesadas ondas,
así su pobre raza desparece:
parte cayó bajo el acero duro
de los conquistadores; en los hierros,
en infectas prisiones y sombrías
se marchitó su juventud lozana;
otra se pierde en el extraño abrazo
con sangre de verdugos confundida...
Nación ayer, no existirá mañana!
Y este río caudal sigue corriendo
como corrió desde la edad antigua;
y este trueno feroz que estoy oyendo
sonaba entonces como suena ahora,
duro, rabioso, asordador, tremendo,
como una eternidad devoradora;
y sonará cuando al sepulcro caiga
este hombre oscuro, débil, ignorado
que oyéndolo a su borde está sentado.

Oh! qué objetos, el hombre y Tequendama!
El hombre sin poder, pincel ni acento
con que pintar lo que su mente inflama;
que ayer nacido, vivirá un momento,
y mañana en el polvo del sepulcro
de su vivir se apagará la llama!
y esta tremenda catarata, eterna,
con esa voz cual la de mil tambores;
cual ruido estrepitoso
de cien y cien caballos triunfadores
en el afán de una total derrota;
y ese hervir fragoroso, inextinguible,
y esa su roca firme, estable, inmota,
que alcanzará a los años de los años
y del mundo a una edad la mas remota!
Calma un momento el torbellino raudo
en que ruedas, oh río! al ciego abismo,
y ese fragor y la explosión del trueno;
disipa el pabellón de negra nube
que a cada instante de tu lecho sube
para velar tu majestad!
Mi alma, mis deslumbrados ojos, mis oídos sordos ya con el ruido de tus aguas,
anhelan comprenderte un solo instante
y dejarte después, agradecidos!
porque tu vista horriblemente bella
asombro, pasmo, horror sublime inspira,
y de verdad severa lección grande
deja en la mente con profunda huella.

Aire de gloria y de virtud respira
el hombro en ti ; capaz de mas se siente:
de legar a los siglos su memoria,
de ser un héroe, un santo o un poeta,
Tasso, Bolívar, Casas;
de sacar de su lira un son sublime
como el iris que brilla por tu frente,
como el eco de gloria que en ti gime!

 

José Joaquín Ortiz
Tunja 1814 - 1892 Bogotá

Poeta romántico, educador, periodista, parlamentario y cuentista. Sus primeros años transcurrieron durante la época del régimen del terror. Su padre, prócer de la Independencia, fue condenado a presidio, confiscados sus bienes, quedando su familia reducida a la miseria. Huyendo, vivieron en una modesta casa cercana al Pantano de Vargas, donde recibieron la ayuda del negro esclavo Benedicto Nieves. El haber sido testigo de la guerra influyó decisivamente en la inspiración poética patriota de Ortiz. Tras la Independencia, estudió humanidades y ciencias políticas y jurídicas. aunque no recibió el título, es uno de los poetas mas representativos del romanticismo patriótico en Colombia, especialmente en los años de la consolidación nacional, después de la Independencia. "El Cantor de las glorias patrias", como ha sido llamado, destacó la heroicidad en la guerra de independencia, la bandera y los símbolos patrios, los atributos del pueblo colombiano y americano, la imagen del cóndor y la grandiosidad de los Andes, el Salto del Tequendama, la naturaleza americana y, en general, todos aquellos aspectos que exaltan los sentimientos individuales y colectivos. En el año 1850 publicó la primera antología de poesías románticas, que llamó La Guirnalda, editada en dos tomos. Compiló y editó el Parnaso Granadino. Fundó el Liceo, que fue un centro de estudios y expansiones literarias. Se destacó también como periodista, en el año 1848 fundó El Conservador, y después, El Porvenir. Posteriormente fundó el periódico La Caridad, llamado más tarde Correo de las Aldeas, un periódico que duró más de 20 años. Una de las principales actividades de José Joaquín Ortiz fue la educación; ocupó la rectoría del Colegio de Boyacá en Tunja, y en 1852 fundó el Instituto de Cristo. Siempre insistió en la necesidad de una educación basada en la formación de los valores humanos contra el libertinaje. Uno de sus aportes fueron los textos didácticos, destacando entre ellos El Lector colombiano. Defendió la labor de la Iglesia católica en la formación de los colombianos. En el Congreso Nacional defendió el Concordato entre la Iglesia y el Estado, la religión en la educación cristiana y luchó contra los benthamistas y la masonería.

Autor de las siguientes obras: El lector colombiano, El Parnaso colombiano, Poesías, Lecciones de literatura castellana, Historia de In Iglesia, Las Sirenas, O todo o nada, Horas de descanso, Libro del estudiante, Compendio de Historia Eclesiástica, Lecturas selectas en prosa y verso, Cartas de un sacerdote católico, Historia de mi casamiento, El hijo pródigo, E! Oidor de Santafé, Corona poética a la Virgen María, Crónicas de Bucaramanga, Mis horas de descanso (su primer libro de poesía), entre otras.

Tomado de la BLAA