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Al anochecer


Ya muere el claro día
Tras la cumbre empinada de los cerros,
Y en rústica armonía
Saludan su esplendor que se despide
Los sencillos pastores.
Los zagales y perros
Conducen el ganado a la majada;
El tardo insecto que la tierra mide
De su morada oscura
Por gozar de la brisa
Da la noche, a salir ya se apresura
Ostenta su hermosura,
En medio al tachonado firmamento,
La cándida lumbrera
Que desde su alto asiento
Refleja suavemente
La luz que esparce la encendida esfera.
Ay! de cuan refulgente
Brillo refleja ufana
Su tersa faz galana!
Mírala, Clori! En su belleza mira
La imágen del hechizo lisonjero
Que tu semblante inspira!
¡Qué lánguido suspira
El céfiro ligero
Que los arbustos mueve,
Mientras sus ramas baña
El fresco aljófar que la tierra embebe!
Allí la blanda caña
Hacia la fuente su cabeza inclina,
Y a la avecilla que en su mimbre posa
Su propia imagen sin cesar engaña
Retratada en el agua cristalina
Cierra la tierra rosa
Su caliz perfumado
Y esconde ruborosa
El amor deseado:
Ay: cuanto mas se oculta es más hermosa!

Vamos a la colina
Que baña suave la sidérea lumbre;
Al pie de aquella encina
Que erguido allá se empina,
Coronando el cerro la alta cumbre;
O allá donde el torrente,
Saliendo de la breña,
Por el cañón tajado se despeña. Allá nos sentaremos, Clori mía,
Y disfrutando las tranquilas horas
Que mece en su regazo la alegría,
Nuestro tímido acento juntaremos
A las voces canoras
Con que el bosque resuena:
Allí repetiremos
La tierna cantilena
Que afables entonaron los pastores,
Cuando concluida mi gravosa pena
Coronó la fortuna mis amores

Mi asilo

De un bosque enmarañado en la espesura,
Bajo un peñasco inmóvil y musgoso,
Negra mansión del búho pavoroso,
Hubo una cueva, aunque pequeña, oscura.
En las entrañas de la tierra dura,
Aquí mis manos con afán penoso
Cavaron un asilo tenebroso,
De un ser viviente triste sepultura.
Un giro anual el sol ha completado
Desde que ausente y solitario moro
En mi lóbrega tumba confinado.
Aquí mi amarga situación deploro;
Y cuanto tiempo en tan fatal estado
He de yacer, ¡ay infeliz! ignoro.


Recuerdos

Fue un tiempo en que mi lira reinaba
con himnos de placer y de victoria,
Y en que mi frente de Helicón la gloria
Y el verde fauno con afán buscaba;

Mas ahora, ¡ay Dios! del infortunio esclava,
Repasa triste, la fatal memoria
De mi perdido bien; - ¡ qué transitoria
Fue la dicha que entonces me halagaba!

Huyeron como el humo aquellos días
En que de mirto y flores coronado
Brillaba entre festines y alegrías;

¡ Hoy ausente, proscrito y desterrado
Lloro las penas y las ansias mías,
En mi lóbrego asilo confinado.


Resignación

No importa que el poder y la venganza
Para labrar mi ruina se coligen,
Y encarnizados contra mi prodiguen
Cuantos recursos su furor alcanza.

Los crueles dardos que su mano lanza
Penetrar a mi sailo no consiguen;
Y por mas que sangrientos me persiguen,
No agotan en mi pecho la esperanza.

Porque supe ser hombre, como a fiera
La sociedad me arroja de su seno; -
Mas la virtud su imperio recupera,

Y con su influjo, de constancia lleno,
Sabré burlar la proscripción severa -
O hasta el cadalso caminar sereno.


Mis compañeros

¡ Oh, vosotras, canoras avecillas,
Que con vuestras tonadas halagueñas
El fondo silencioso de estas breñas
Alegrías inocentes y sencillas !

¡ Oh vosotras, fragantes florecillas,
Que brillando entre el musgo de las peñas
Mostrais en vuestros cálices, risueñas,
Mil rústicas y amables maravillas!

! Y vosotros, oh arbustos lisonjeros,
Que rodeaís el asilo miserable
De un ser doliente, solo y fujitivo!

Vosotros los amados compañeros
Solo sois de mi suerte miserable
Y aliviais las angustias en que vivo.

Luis Vargas Tejada
Bogotá 1802 1829 Llanos orientales

Impulsado por la lectura, él mismo cultivó su saber resguardado por los libros de la biblioteca de su casa de campo que lo albergó hasta 1823. Gracias a su ingenio, Santander lo nombró creativo de vicepresidencia de la república, y como tal asistió a la Convención de Ocaña de 1828. Como hizo parte de la conspiración septembrina del mismo año, huyó para evitar las represalias; una cueva de la sabana de Bogotá le sirvió de refugio durante un año largo, durante el cual se dedica a escribir, leer y realizar algunos trabajos a plumilla. Después de un largo devenir, muere ahogado en un río de los llanos. Además de sus poemas, dejo las piezas dramáticas Sugamuxi, Doraminta, Catón en Útica, La madre de Pausanías y las convulsiones, una de las más conocidas, en la que ridiculiza las costumbres de la época. También tradujo a Moore, Shiler, Poe y Campbell.