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Espía del alba

Que otras aguas arrastren hacia los grandes deltas
la miseria que escurre de la noche
guardando entre su pardo recinto rumoroso
los ajenos perfumes de otro tiempo,
vueltos de pronto al renovado grito de la carne
en los ebrios deseos dispersos
por las albas violetas y mansas,
allí, donde la cola nocturna de los sueños
vuelve su furia ciega de sudario
y malamente azota al alma en pena.

Que la líquida fuerza de las aguas
se lleve el sabor del tiempo y de sus armas
y mudas huellas de su paso deja
entre antiguos retratos, viejas cartas,
guardadas torpemente y sin objeto
en polvorosos cajones de delgadas maderas.

El tiempo que aniquila los mejores frutos del deseo,
su más roja baya y el perfume de tus claros pezones,
en noches sin número bajo las dormidas estrellas.

Como en el sur, en el ardiente sur de los ríos ecuatoriales
que arrastran hasta los deltas las ramas de los cámbulos
y el aroma liviano de los sueños entre las hojas del banano;
así, amor mío, como en los grandes ríos del sur,
todas las cosas que amamos y nombramos
se pierden entre las aguas y rápidos del tiempo.

Hoy en la tarde he visto, amiga mía,
los cuervos que cruzaron por tus ojos
que soñaban, acaso, en un país sin nombre
con jardines aéreos y palomas azules,
que fue nuestro antes que penetráramos
“por la oscura región de nuestro olvido”


Memoria

Es al anochecer cuando caen como grandes hojas de plátano
arrastradas por la densa ventisca del verano,
las huellas que horadan contra el tiempo
el valor fragmentario de unos actos.

Vuelve el recuerdo del poema no escrito,
la oscuridad de una sala de cine
a la que nunca más volveremos a entrar,
vuelve un aroma de perdidas recámaras
y los gestos, callados, de tu cuerpo nocturno;
vuelven de pronto esas palabras nunca dichas,
o el perfil de tus senos antes de despertarte.

Se esfuman, se disuelven, esos actos que fuimos
en este frágil túnel de la memoria,
por donde fluye sólo el eco de esos días antiguos
hasta ese mar de sombras, verdadero.


Asombro

Si nos detenemos
a la orilla de las acacias en la tarde,
y la noche va entrando como un potro de bronce
y por el viento vienen las silenciosas nubes;
la sombra de un recuerdo fluyendo a borbotones
subirá por la sangre a nublar la memoria
anidando, ignorada, en la mitad del alma,
se quedará formando el orín de los sueños
con la brea de los días que fluyen con nosotros
cuando nos detenemos a mirar un helecho
o el ala, libre, de un halcón en el cielo,
mientras el tiempo ardiendo sobre nuestros cabellos
nos lleva hacia el asombro de la muerte.

El tiempo y sus armas
Recoge esa vana plegaria pulida por el día,
frente al mar y su más alta espuma
con su agrio perfume de sales y de yodos.
Deja que zarpe la mirada por el asombro,
mientras pasa en la cima bermeja del verano
una gaviota como el eco del amor.

La verdad de tu voz poblando nuevas fábulas,
arando en silencio viejas conversaciones
en un café de una ciudad distante
para que el corazón atraviese la lluvia.

Frente al mar con sus corpóreas olas
la fuerza del deseo y el batir de la sangre
abren las secretas puertas para el amor
mientras el tiempo gasta pavesas de tu sombra.

¿Cuántas palabras quemadas en tus labios
han encendido luces en la desierta noche del océano?
Mira al deseo dragando en los puertos del amor
para una nueva batalla contra el tiempo y sus armas.

Ahora que estás más bella con ese traje azul
golpeado por la brisa, y en las tardes lejanas
tus ojos asombrados ven los soles
que lamen los leones tendidos en la playa.

Entre las ásperas arenas lavadas por el mar
el grito del tiempo atraviesa el amor,
y en el constante choque de las aguas
se mueve la emigrante hélice de los días.

Contempla la fragilidad con que están hechos los actos
y los débiles hilos que sostienen el instante,
que se rompen y caen a su profundo aljibe,
sin llegar a la urdimbre de la trama
que huye por el recóndito zaguán de la memoria.

Alberto Hoyos

Bogotá 1939

Estudios de literatura en la Universidad Nacional y en el Instituto Caro y Cuervo. En México colaboró en importantes revistas, como la de la Universidad Autónoma. Ha publicado Espia del alba en 1973.