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Mujeres de otro día

Estas mujeres fueron bellas;
en las orillas de su alma
anchos paisajes balancearon
su ardor de inéditas distancias.
Eran como tierras sin nombre
en espera de ser llamadas,
llenas de palmeras fragantes
que vibraban al sol como arpas.
La brisa errátil de los trópicos
les despeinaba las miradas
dispersas hacia el horizonte
como un rebaño de cabras.
Su cuerpo tenso como un arco
se erguía sobre la esperanza
lleno del intenso temblor
de la flecha no disparada,
y todas se iban apagando
esperando al que no llegaba.

Estas mujeres fueron bellas,
y había una que yo amaba.
Yo tenía siete años dulces
como el corazón de la caña.
Senos morenos como nísperos,
ojos de estrella y voz de agua,
ella ardía como una esencia
esperando al que no llegaba;
yo tenía siete años dulces
y aún no tenía sino alma,
y la veía consumirse
mientras mi instinto se alargaba.

...

Estas mujeres fueron bellas
y envejecieron como ramas
que se cortan para la hoguera
que ha de hacer la vida más clara.
Hoy yo tengo veinte años fuertes
como banderas desplegadas,
hoy ya mi instinto y mi deseo
se erigen al sol como lanzas
y, cuando paso, estas mujeres
que fueron bellas en mi infancia,
murmuran resignadamente:
así era el que no llegaba.


Final del sueño

Es el momento de estar conmigo
y de morir mi propia muerte;
mi sola muerte, mi única muerte,
mi diaria muerte prometida.

Muerte que sueña con la vida
todos los días recobrada.
La vida acaba con el sueño
y comienza con la mirada.

Y esta piel oscura y distante
que es un párpado en la existencia,
se llama noche y es el sueño
la muerte de vivir en ella.

La vida de morir en ella,
de estar inmerso en sus pestañas,
como araña que se fascina
en el hilo de sus telarañas.

Quién dirá, pequeño o eterno,
si mi sueño me vive o me muere:
nada me mata sino yo,
entre el sueño verdad inerme.

Quiero soñar que vuelvo a ser,
como antes de clavarme en el sueño,
lenta saeta acomodada
en un centro absoluto y cierto.

Para vivir únicamente
un instante antes de morir,
como cuando antes de dormir
me iba a dormir muerto de sueño.

Arturo Camacho Ramírez

Ibagué 1910 - Bogotá 1982

 

Siendo diplómatico fue una de las principales figuras de Piedra y Cielo. Trabajó como funconario en la Guajira donde se inspiró para el poemas Luna de arena. Publicó: Espejo de naufragios (1935); Presagio del amor (1939); Cándida inerte (1939); Oda a Charles Baudelaire (1945); La vida pública (1962); Límites del hombre (1964); Carrera de la vida (1976). Obras completas (1986) y Asuntos del extasiado, últimos poemas escritos por él.

En la Antología crítica de la poesía colombiana dice Andrés Holguín: "Arturo Camacho Ramírez ha hehco una poesía viril, carnal, saturada de acres aromas - a veces de bajos fondos también-, expresada de manera muy vívida, sobre todo en el tema erótico, con hondas manifestaciones del subconsciente".