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Erasmo de Roterdam

"Pintó Hans Holbein", dice la envejecida tela
que a cierta ciudad muerta me fui a buscar un día,
por ver ¡oh padre Erasmo! la búdica ironía,
que de tu boca fluye, que tu desdén rebela.

Si tú del polvo alzaste la derribada escuela
porque a regir tornase la helénica armonía,
¿cómo en la mustia boca de la melancolía
tus labios aprendieron ese reír que hiela?

Enfermo que en mí fijas tus ojos de fantasma:
el frío de tu estéril desilusión me pasma;
atas mi ser y domas, ascética figura

que vas entre los mártires de mi martirologio,
y vuela con tu nombre la voz de mi eucologio
¡oh cuerdo que tu elogio le diste a la locura!


Hay un Instante

Hay un instante del crepúsculo
en que las cosas brillan más,
fugaz momento palpitante
de una morosa intensidad.

Se aterciopelan los ramajes,
pulen las torres su perfil,
burila un ave su silueta
sobre el plafondo de zafir.

Muda la tarde, se concentra
para el olvido de la luz,
y la penetra un don suave
de melancólica quietud,

como si el orbe recogiese
todo su bien y su beldad,
toda su fe, toda su gracia
contra la sombra que vendrá...

Mi ser florece en esa hora
de misterioso florecer;
llevo un crepúsculo en el alma,
de ensoñadora placidez;

en él revientan los renuevos
de la ilusión primaveral,
y en él me embriago con aromas
de algún jardín que hay ¡más allá!...

Los Camellos

Lo triste es así... -
Peter Altenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
pararon silenciosos, al pie de las cisternas...
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía...
Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
"amamos la fatiga con inquietud secreta..."
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga:
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas,
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!
¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente;
Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro...

Guillermo Valencia
Popayán 1873 - 1943 Popayán

Poeta y político colombiano. Fue educado por sacerdotes franceses, que le enseñaron griego, latín y francés, lo cual le permitió conocer los clásicos de la literatura universal. De esa cultura clásica surgió su tendencia poética, denominada parnasianismo, que encabezan los antiguos escritores griegos y latinos. Luego vino la influencia de la literatura francesa, que orientó su imaginación hacia el simbolismo y, finalmente, bajo la influencia literaria de Rubén Darío, su amigo, se encaminó por el modernismo. De lamo de la oratoria y de la poesía fue ascendiendo hasta encumbrar su camino y destinarlo a la vida política desde 1901 cuando llegó en medio de la guerra de los mil días hasta el día de su muerte. Fue jefe del partido conservador, desempeñó diversos cargos públicos y aspiró dos veces, sin éxito, a la presidencia de Colombia. En Poesías (1898), libro que después tituló Ritos (1899) y reeditó ampliado en Londres (1914), reunió lo mejor de una producción caracterizada por la belleza y el rigor. Su preocupación por la historia contemporánea se tradujo a veces en pretensiones moralizadoras, evidentes en la ocasional crítica a la injusticia y en la frecuente prédica en favor de la elevación espiritual para los hombres y la sociedad. En 1924 publicó Catay, colección de poemas chinos que tradujo de la versión francesa de La flûte de jade (1879), de Franz Toussaint. Fue también un excepcional orador.