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Niños de piedra

Grandes muros,
improperios a la gentil visura
adornados con el incauto velo de la mugre.

Así se asoman a mi trivial periplo.
Ya peregrinos por el soez asfalto.
Ya decadentes en el astroso suelo.

Impúdicos braseros
Fieras que hormiguean en los bolsillos
escamoteando con bastardo paso de animal/ gruñido.

Vituperados por su aliento de bebida acuosa
los divisé bajo la lluvia blasfemante.
En los suburbios
En las exequias de dinastías descoloridas
acicaladas con dientes de oro.

Veteranos de la azul calzada
testigos del hambre y de madres orgásmicas a poco precio:
Den reposo a esos cuerpos sin consorte
a sus almas agrietadas por el vilo del puñal.

Es lo propio de un rey fecundo
de un Carlomagno ennoblecido por lo altivo de sus yerros.


Sidharta

Sus sueños galopan en el eco
como heroicas crónicas de quijote

Atrapado en su fragilidad
ya vacila
ya se empeña en perseguir las huellas
meditando en el espectro
que una vez le habló.

¡Colosal andariego!
¡caudillo seductor magnificente
cuyo único anhelo es una musa!

La espera sin turbarse
con un ruiseñor en los labios
y florecillas en el pecho.

Se resiste al paso inefable de la muerte
y al letargo de su fiera
que, impasible,
lo priva del único latido que sacude.

Y su ansiedad se oculta en la tormenta
Teme su llegada
con sus voces y ese llanto
enredado en la orquesta del demonio.

De su devoto ardid bajo el perfume
sólo quedan sus alas inservibles
y ese amor de inmortal envergadura.


Hora cero

A Leonardo III.

Camino largo rato por la plaza.
Dos hombres planean su jornada nocturna.
Ríen con cinismo ávidos de bragas centelleantes.
El faro, orgullosamente erguido,
Cuida de la virgen,
De su honorable ombligo que es una mentira de pigmeo.

Se para frente a mi
-es feo escupir en la calle-
Mira el faro
Sol de justicia ya extinguido por el placer y la culpa
“Siéntese
o sostenga la puerta;
también yo me canso de jugar con las palomas grises”.

Me levanto con trapío
Emito un sonido articulado que rompe el viento seco
Y lo dejo escupiendo ponzoña en su casa de campo.

Suelto las amarras y me hago a la mar
Lanza en ristre
He derribado el dinosaurio de pastiche.
Nada nuevo
Licor
Sudor
Neblina
Y mi repudio.


De una plebeya

“Danzar desfalleciendo
lo mismo que una rosa de sonrisa maquinal”
Charles Baudelaire

Sepultada en un nicho de serpientes,
fue embestida por singular criatura.
Sintió en su conciencia la aurora del cariño
escuchó desnuda su fatal aturdimiento.

Tripuló la nave de los genios expatriados
y aquel viaje impertinente
no la sacó de su penumbra.

Hilvanó cada despojo,
lo envió a su remitente,
envolvió su cuerpo en páginas de otoño,
lloró de tedio en tedio
y descansócautiva


Memorial de agravios

“Doping to cease not Hill death. (…)”.
Walt Whitman

Conozco muchas cosas:
Un tanto de miseria,
el pérfido desprecio,
la duda, el abandono,
Más yo, no soy tristeza.

Entiendo de fatigas,
de arena movediza
de orgullo deleznable
y tez palidecida.
Más yo, no soy tristeza.

En incesante duelo
o trémulo mutismo
anduve por la infamia
nacida en cruenta guerra.
Más yo, no soy tristeza.

Soy perdón,
casi olvido.
Soy ternura,
casi miel.
Soy candor,
casi fuego.
Soy estrellas, luz y cielo.
¡Leve brizna!
¡Vida en sueño!

¡Y en la lluvia del tejado,
tibias aguas del viñedo!

¡Y en el ruido de los sables,
susurrar del vasto cielo!

Aún me pertenezco.
Mi sangre.
La Fuerza de mis venas.
El más sutil aliento.
Mis versos.
Estos versos.

Porque soy mi propia voz
que descansa en la llanura.
Leve brizna
vida en sueño.

Lilián González


Bogotá 1973

Abogada especialista en Derecho de
Sociedades de la Universidad Externado. Actualmente está terminando la tesis para graduarse de literatura en la Universidad Javeriana. Comparte su tiempo de abogada litigante con los talleres de cuento y de poesía que organiza la editorial Domingo Atrasado los viernes y los domingos en el parque de Usaquén.