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En este sitio podrás encontrar un homenaje a los poetas de Costa Rica

Poesía y Censura

Algunas notas sobre la poesía en Costa Rica.

Por álvaro Mata Guillé.

 

La tradición no sólo la conforman los hechos que recopilamos a través de la historia: la tradición es un diálogo con nosotros mismos, un trascender del recuerdo que al hacerse presente, se convierte en memoria, permite que nuestra identidad, como así llamamos comúnmente aquello que nos identifica y da presencia en el mundo, no desaparezca, impide que nos extingamos en la invisibilidad y en la aspereza del olvido. En el pasado, las antiguas culturas al realizar sus celebraciones, hacían posible la presencia del recuerdo en lo cotidiano, reviviendo –volviendo a vivir– las relaciones míticas que los habían marcado, los símbolos, las explicaciones, los fundamentos, la paulatina dialéctica que construye al entorno. Con sus ritos festivos, con sus ceremonias o cultos carnavalescos, volvían a ser, reencuentro con la animalidad hecha pulsión transformada en cultura –en frase, en canto, en grito–, transito fugaz entre vida y muerte, entre el yo y el otro, lo ajeno del destino o el ocaso del presente. La muerte era una iniciación –el pasado que llegaba al ahora y retomaba el futuro–, tras la muerte venía el nacer, el origen, los umbrales, de ahí el sentido de muchas de sus celebraciones, dualidades forjadas en la unión de lo mismo, donde el todo poseía lo particular y lo particular habitaba el todo como piezas que se estructuran y se mezclan entre sí, donde la noche era la niebla que rodeaba al entorno y la oscuridad se aposentaba en el párpado; la sangre el ritmo, el pálpito constante que sostiene el sentido y establece el orden de las cosmogonías –la pausa, el desprendimiento, la ruptura sin ruptura– el allá que estaba en el aquí.

 

Existe la falsa creencia que la tradición cultural hace sólo se refiere al ámbito de las artes o a la axiología social, también el prejuicio de creer que la tradición implica un rescate de valores que perpetua el poder o la jerarquía. Estas posturas son imprecisas: la tradición engloba el conjunto de conocimientos de la sociedad, en ella se integran tanto la ciencia como la física, la técnica, como la pintura o la economía, es un acto que recuerda en su memoria las funciones vitales de la sociedad –sus voces, sus imágenes, sus inicios, los desenlaces– hace repaso de la historia y de la historia como pauta que acumula conocimiento y permite la sobrevivencia, los sueños, las pesadillas que nos embargan y se reiteran como obsesiones en preguntas –el cómo, el dónde, el por qué– fundamento de la ciencia y las ideas, del cuerpo y las voces del cuerpo en la transitoriedad perenne del tiempo en el espacio.

 

La poesía, la danza o el teatro, en sus inicios, eran medios que ayudaban a preservar la memoria, conclusiones efímeras que recordaban, a través de las voces de los ancestros, los hechos entremezclados a los dejos de la efeméride y a la lejanía, ecos, remembranzas convertidos en conocimiento, en pautas, en sensaciones, en opacidad; evolución que acompasa la percepción en el estar y no estar, en el ser y no ser, permite la revisión del lenguaje, de los signos, de los signos en los símbolos, en los mitos, en la realidad; deletreos que abrazan la silueta borrosa del entorno –sus formas, sus violencias, sus conciliaciones– reunión del encuentro y el desencuentro que palpa en su imprecisión los contornos fugaces del otro, le dan un rostro, máscaras que esculpen con los brazos del aire los rasgos, las muecas, las ideas, los cuerpos; deseos que se vinculan al todo siendo los mismos en su vivencia, comunión con la metáfora, con el símil que busca llegar a lo absoluto, con un volver a ser en el recuerdo que sabe que no se es. Pulsión, permanencia, basamentos que moldean, entre censura y posibilidad, entre someterse o liberarse, nuestro quehacer; fermento que revive, como un sustrato que persiste en la duda, en las preguntas, pocas, que hacen que el abismo se ensanche y callemos ante él, sin saber si sabemos o no sabemos, si estamos o no estamos imbuidos del absurdo, del sin sentido, de lo incoherente, silencio que sólo se rompe a veces, a través de algunas frases y su tintineo que estremecen la epidermis, sonoridades que se articulan convocando otros sonidos, rozan la animalidad que aviva el vértigo en el vacío, en la escritura, en la música, en la acción que se hace espacio y tiempo en la escena.

 

La poesía es un acto que nos vincula a lo plural, a la animalidad que subyace recubierta de lenguajes en nosotros, decisión de la apertura, exposición de la intimidad, deseo que traspasa las ataduras de lo cotidiano y transita en solitario sabiéndose confrontado a los límites; amarra sonidos, esparce ecos, recuerdos que se acumulan entre los umbríos y la sombra –forman frases, versos, ritmos– expresiones que posesionan al lenguaje y a los sentidos del lenguaje dando curso tanto a lo disidente y como a la afinidad. No asume posturas, ni protestas, reniega de la denuncia y el manifiesto, no es una exaltación o un desahogo, tampoco pregona una moral o una doctrina que ensanche las posibilidades de las cosas o la subjetividad; sus vínculos se relacionan con hilos que escapan e intentamos atrapar, simetrías intrínsecas de secretos que no son secretos, son máculas que al ir allá traspasan al aquí, están y no están –vienen, parten, regresan– no se van, permanecen al acecho como una luz que parpadea, como un fantasma que se arropa en la emotividad de su propio sentir y explora en las formas del lenguaje, en los horizontes ocultos del ser y el existir en la experiencia, noche que reposa en sí misma y regresa transformada en lo otro, en un espejo que derruye la costumbre y carcome la seguridad, la certeza, la convención, el orden que se establece con su herrumbre los atisbos que especulan en las ordenanzas de la mirada, en los preceptos, en las conveniencias. A través de la poesía –el teatro, la música, la danza– las sociedades hablan, murmuran, luchan contra el óxido que las humedece y los nudos que la amarran, contra la flacidez y la parálisis del lenguaje e intentan ser lo que son: un volver que se reencuentra, un acto que persigue su liberación, búsqueda que deja de lado la convención, la censura, el olvido.

 

La tradición literaria costarricense es escasa, escasas las revistas como los foros, escasos los libros, las novedades, la población, abundan eso sí la monotonía de sus discursos. Balbuceo, irregular la mayoría de las veces, que se enrumba con timidez en busca de sí mismo, pasando del manifiesto a la denuncia, de la ruralidad idealizada del pueblón al academicismo yerto y repetitivo de las fórmulas, de la precariedad del lenguaje, a la sensiblería romántica que se obliga a sentir lo que no siente, sentimentalismos que enmohecen el lenguaje y niegan el argumento y la crítica. Diálogo que encajona al diálogo, lo condena, lo rehuye, lo esquiva, más que diálogo, monólogo, más que monólogo, autismo que no se atreve a enfrentar –a ver o a palpar– el infierno creado por sus propios tabúes y demonios. Divorcio, dispersión, parloteo que se aleja de sí mismo, desoye preguntas, tapa dudas, esconde lo íntimo, lo excluye, lo reprime, lo veda, más que vedarlo, lo abandona, es un dejar de lado que escapa de las ansias y vahos de su cuerpo, de su ánimo, de sus deseos, de su incertidumbre. Puerilidad, adolescencia que vive en idilio con la inmovilidad y se enclaustra en el engaño estático de lo eterno; revierte lo trágico –lo imponderable, lo finito, lo que no tiene remedio y no pretende ser más que lo que es– lo encubre de loas y artificios, pues lo trágico, el canto del macho cabrío que recuerda el límite –tránsito de lo efímero amarrado al destino, que rememora la ajenidad que habita en nosotros y su sensación de lo ausente, grito incrustado entre huesos y dientes, sin salida ni solución– se mire de soslayo, postergándose en la palabrería y la banalidad.

 

No es extraña esta condición, las censuras que excluyen a herejes y anatemas que prevalecen en el siglo XVI, nos conforman: nacimos del feudalismo y la contra reforma, del centralismo autocrático que elimina disidencia, manipula críticas y acalla lo plural, de la costumbre que se caracteriza por no reconocer la diferencias y las niega como posibilidad, transmutación del poder que pasa del rey al gamonal y somete a miedos y mordazas; subyugación que se resigna a lo uniforme, razón de ser que nos constituye, es su norte, la pauta, la perspectiva, un proceder que fortalece y ahonda los traumas y extravíos que se afincan en su marginalidad histórica, como un paradigma. Hay que recordar, Costa Rica, provincia adscrita a Nueva España, fue límite y lindero del reino, lugar de paso, no de reunión o encuentro, no de voces o matices, no de permanencias o fundaciones. Nuestro conformismo es consecuente con nuestro aislamiento que, en el caso de la sociedad costarricense, significa negación: negación a ver y enfrentar, a asumir la condición de ser un país secundario, de verse como posibilidad en el crear o el transformar su entorno y transformarse a sí mismo, negando incluso sus virtudes; periferia dentro de la periferia, marginalidad dentro de la marginalidad que, antes de enfrentarse consigo misma en sus carencias, da la espalda al mundo, lo juzga, lo rechaza y, envanecido en su ceguera, se aleja de él. Exclusión, aislamiento que fortalece la envidia, se encierra en el complejo, en los dogmatismos, en el resentimiento; su conformismo moldea el carácter de sus censuras, pero no me refiero a la censura institucional, ni política, sino a la moral: en nosotros el espíritu ritual, el espíritu de lo festivo, del carnaval que se desdobla en su dualidad, está mutilado, así, nuestra voz ante el llamado de la otra voz, se agrieta y debilita con torpeza y tosquedad, haciendo más grande una herida que no cicatriza y ante la cual, antes de enfrentarla, volteamos la cara escondiendo su hedor; justificación y consuelo, compadrazgo, mordazas, proceder adolescente que se olvida de crecer y se mistifica en las tinieblas, prefiere seguir jugando en su niñez y en su propia ignorancia.

 

Con estas características no es extraño que nuestro carnaval sea desfile y que las celebraciones sean el reflejo moralista que se entreteje en el miedo, en la inhibición y al mismo tiempo aparezca el desenfreno como un desahogo; que las sonoridades que tímidamente se producen, se sonrían de sí mismas con frivolidad, sabiendo que son un reflejo medroso que amputa el lenguaje, lo castra y lo pervierte; coerción de voces, corrupción que se afinca en lo íntimo: en nuestra poesía no hay aventura, ni riesgo, solo la soledad que transmuta en las censuras de sus propias complacencias; comodidad en la comodidad que se aferra sin cuidado a la idealización que pregona de sí misma, a la imagen estática que rompe sus espejos en lo eterno de su imagen y perece en ella.

 

Recalco, sin memoria no somos, sin las manifestaciones de lo plural que hacen la memoria y forjan la tradición –sin ese conocimiento que nos has hecho estar y ser a través de los tiempos– los días que trascurren como sombras –sin rostros, sin voces, sin conversaciones ni diálogos– mutismo y soledad que encuentra refugio en el clamor de su regodeo; sin la pluralidad que se reconoce en los límites de lo ausente, no hay comunión ni reencuentro, sólo palabrerío que nos condena al silencio y a la repetición del silencio, como fantasmas moran eternos. Hay que transformar nuestra razón de ser y estar, renovar los cimientos de la cultura y sus instituciones, es necesario también reinventar los lindes de nuestra propia historia, rescribirla, volverla a ver.

 

Sí bien, prevalecen estas condiciones e inundan como una peste los rincones y el grosor de las paredes, casi en secreto alejados en su mayoría del entorno, más allá de las luces o el bullicio, más allá del artificio o el clamor redundante de la pasarela, aparecen algunas voces que se enlazan a la tradición y conversan con los ecos enclaustrados en la memoria, como un albor que resplandece entre las sombras de la complacencia. Me refiero a cinco autores, uno de ellos ya muerto, que reencuentran, según lo veo, la relación y el diálogo con esa búsqueda de voces que se asientan en la memoria. La primera de ellas, fallecida en México en 1974, es Eunice Odio. Si bien en su obra abundan los sentimentalismos lacrimosos y místicos, de sus poemas, siempre en tránsito, emerge también la fuerza de su crítica y la incertidumbre de ser y amar, de encontrarse en sí misma y encontrar al otro, de elaborar un mundo cosmogónico que la explique o la aleje de las circunstancias, ejemplos hay muchos que podemos encontrar en el libro Tránsito de Fuego , en su poema Pro Sancto Michaele o en fragmentos de su libro Los elementos terrestres . Eunice Odio, establece con su trabajo un puente con la modernidad que nos introduce a la tradición. Siguiendo en esta línea se encuentra Marta Royo y Mía Gallegos por una parte, unidas en la búsqueda del yo en su ajenidad y su reconocimiento, por otra a Manuel Arce Arenales y Jorge Arturo, en la reflexión del entorno y el descubrimiento del lenguaje que lo explicite. Marta Royo descubre lo cotidiano de sus fantasmas aferrados al recuerdo, construcción de la memoria y la memoria en la identidad que une el pasado familiar y los titubeos del presente. Mía Gallegos se ve a sí misma en la soledad de sus cuartos, extendida a su propia condición: “ Tanta ternura y nada” , “ Me veo sobrevivir con los ojos ajustados en la ventana”, “Heme aquí, con mi elemental pobreza, dos piernas, dos brazos, y mi cuerpo hecho de agua”, “No habito el sueño de nadie” dicen algunas frases de sus poemas en el libro Los Reductos del Sol , que recuerda a Pizarnik, palpar que descubre la piel en sus lejanías. Manuel Arce Arenales enlaza la reflexión del entorno al lenguaje, se busca y se aleja de sí, torbellino que sintetiza su relación con la historia y sus contextos, posición del exiliado voluntario; ejemplos hay muchos en sus textos, señalo como referencia, eso sí, el libro Espada de Piedra . Finalmente Jorge Arturo se ve a sí mismo en la disidencia, en la distancia que atravieza un largo proceso de acercamiento a las incertidumbres del lenguaje y su particular relación con el entorno, deja al desnudo su contexto y se desnuda a sí mismo, en el país de los ausentes , como llama a su crítica de la modernidad costarricense. Quizá en ellos se resume, un poco el largo proceso de asimilar lenguaje en la tradición y la memoria, que envuelven a la literatura como un todo.